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La llegada de Kate Middleton, una princesa de cuento de hadas
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Bésame
Taxi aéreo para el marido y la mujer
La princesa de Europa
La boda de Kate Middleton y el príncipe William me ha parecido un espectáculo televisivo de proporciones imperiales. ¡Cómo he disfrutado! El Reino Unido se ha vendido a todo el mundo y ha proporcionado entretenimiento de primera a un pueblo agradecido. Las oportunidades económicas de esta proyección global no se le pueden escapar a nadie inteligente. ¡Esto favorece el turismo!
Seguí la ceremonia por la BBC, con un despliegue de cámaras y una realización excelentes. Mientras lo veía, me reía de mí mismo y me decía: "¡Estoy como las viejas que van a gritar guapa!". Me emocionaba con el recorrido de las distintas personalidades y con su llegada a la Westminster Abbey, especialmente, cómo no, con la de los miembros de la familia Middleton: Michael Francis y Carole Elizabeth, los padres, y Philippa Charlotte y James William, los hermanos de la elegida. Entre tanto príncipe y artista entre los invitados, en nadie he reconocido tanta clase como en los Middleton. Afirmo que, Kate aparte, las mejor vestidas fueron la madre y la hermana, que el padre se comportó como un verdadero caballero, y que el hermano parecía un conquistador de Hollywood. Daba gusto mirarles.
De Catherine Elizabeth Middleton no voy a decir que qué voy a decir, porque sí que puedo decir bastante: estoy en contra de los matrimonios homosexual y heterosexual, los considero un anacronismo, pero por primera vez en mi vida, he visto a un hombre casarse y he sentido que no me habría importado estar en su piel, evidentemente no por envidiar su recién estrenado estado civil sino por la mujer con la que, salvo sorpresa, va a pasar unos cuantos años de su vida, quizá muchos. La duquesa de Cambridge es una chica fantástica, elegante, delgada, real, educada y con una sonrisa espectacular. Se ha desenvuelto en la frontera de excelencia de Grace Kelly en la boda de 1956.
Celebro el trabajo de los cuerpos policiales y de seguridad británicos, que con sus detenciones preventivas, su despliegue y su profesionalidad, han frustrado los atentados que planeaban radicales musulmanes y socialistas, descontentos con las políticas exteriores y de austeridad del Gobierno británico. Lo digo con total sinceridad: pasé un poco de miedo, sobre todo por los infames muslims. Con ellos cerca siempre existe el riesgo de que causen una desgracia, pero por suerte para ellos y para nosotros, ni a Kate ni a nadie le ha pasado nada. Si le hubieran tocado un solo pelo, y os aseguro que desde lo más profundo de mi ser deseaba que no fuera así, el pueblo británico habría tenido que vengarla y desencadenar un baño de sangre.
Vergonzosos los comentarios que han dejado los lectores de medios españoles de prestigio como EL PAÍS. He visto insultos, amenazas y mensajes llenos de odio contra la encomiable manifestación de afecto y civismo del pueblo británico. Nadie pretende convertir en monárquicos a los republicanos, yo mismo no soy monárquico, pero caramba, si la boda no les gusta pues que vean fútbol. Si esta conducta se ha revelado en EL PAÍS, no quiero ni pensar lo que habrán escrito en medios de hooligans como Público o Libertad Digital, unos por comunistas y otros porque Reino Unido no ha entregado el paraíso fiscal de Gibraltar a los analfaburros de la Junta de Andalucía. Esta es la clase de gente que es fea por dentro y por fuera. Esta es la clase de gente que, sencillamente, no se podría invitar a la boda de Kate. Que se vayan a freír espárragos. ¡Vivan los duques de Cambridge!















