3 de diciembre de 2011

Atali gozaba llevando a los hombres a la muerte



Si breve, lo bueno dos veces bueno. En la primera mitad de la década de los 80, cayó en mis dichosas manos un número de La Espada Salvaje de Conan el Bárbaro con una aventura maravillosa, La hija del gigante helado. El relato original es de Robert E. Howard, el creador de Conan; el guión para el comic de Roy Thomas y los dibujos del genio británico Barry Windsor-Smith. En los Estados Unidos se publicó en 1974.

La proyección cinematográfica de esta odisea de fantasía se me antoja enorme. La hija del gigante helado lo tiene todo: el dolor y la sangre de dos intensas batallas a vida y muerte, el hechizo de una mujer suprahumana, la tensión de una persecución trepidante, el enfrentamiento de un hombre contra fuerzas que están más allá de su comprensión y, finalmente, la superación mediante la fuerza de la voluntad y la caída en desgracia de los hijos de los dioses que, jactanciosamente, se reían de los insignificantes humanos.

Al norte de Cimmeria, probablemente en la frontera entre Vanaheim y Aesgaard, dos clanes de guerreros nórdicos se enfrentan en una batalla en las desoladas cumbres nevadas. La escaramuza casi ha concluido. Han muerto todos excepto el jefe de los vanires, un poderoso pelirrojo llamado Hymdul, y un joven mercenario de cabellos negros que lucha del lado de los rubios aesires. Los dos hombres se encaran: el confiado vanir, veterano de guerra, le pregunta a su enemigo cuál es su nombre, para que así sus hermanos en Vanaheim puedan conocer quién fue el último hombre de la banda de los aesires que mató su espada. El extraño le contesta que no será en Vanaheim sino en Valhalla, el paraíso de los guerreros muertos, donde le contará a sus hermanos que cruzó su espada con la de Conan de Cimmeria.

El vencedor toma aliento entre los cadáveres. Exhausto, tirita de frío mientras los vientos castigan su piel, cuando una risita burlona llama su atención. Es como una aparición, una mujer rubia, desnuda y de una belleza deslumbrante. Parece inmune a los rigores del clima y se dirige a Conan por su nombre. "¿Cómo sabes mi nombre? El cimmerio razona que el poblado de esta mujer no puede estar muy lejos, y le pide que le conduzca hasta un refugio. Ella ríe y se burla de él: "¿No soy bella?". Hay maldad en sus palabras cuando asegura al guerrero de cabellos negros y ojos azules que el poblado está más lejos de lo que él puede caminar y, marchándose a la carrera, le invita a quedarse en la nieve para morir con los otros "estúpidos" o a izarse y seguirla, si es que puede. Nuestro bárbaro héroe se levanta y corre tras ella. El deseo impulsa sus piernas y su corazón.

En este punto comprendemos que hay fuerzas sobrenaturales interactuando. El gélido toque de la nieve hiere las extremidades del bárbaro, que se hunden profundamente con cada zancada que da, pero los pies de la mujer, de la sílfide, apenas rozan la superficie de la nieve. Más que correr se diría que flotase, como si una mano invisible la guiase y la sustrajese del esfuerzo físico. El guerrero no desiste y avisa: "Te seguiré hasta el infierno". No tendrán que ir tan lejos. La hipnótica rubia cruza un paso entre dos montañas... e irrumpen dos gigantes de unos tres metros de altura, armados con hachas. Ella se detiene y, mirando con desprecio a Conan, les habla con familiaridad: "¡Hermanos, os he traído un hombre para que lo matéis! Tomad su corazón para ofrecérselo a nuestro padre".

Con un rugido, los gigantes se disponen a atacar... pero es Conan el bárbaro quien se mueve con más rapidez, y es la sangre de uno de los gigantes, fulminado por la arremetida del cimmerio, la primera que se vierte sobre el hielo. Ante esta demostración de destreza, la soberbia de la mujer se desintegra; ya no hay burla en el tono vacilante de su voz, y la preocupación queda reflejada en su rostro: "¡Mátalo hermano! Solamente es de carne y sangre. ¡Mátalo!". Decirlo es fácil. Hacerlo es difícil. Conan hiere al segundo coloso en la pierna y éste suelta un bramido, esta vez de sufrimiento en vez de furia. La lucha no ha acabado todavía. Recurriendo a su fuerza sobrehumana, el gigante esgrime el hacha, calibrándola para asestar un golpe mortal que liquide al osado humano... ¡demasiado tarde!; Conan le atraviesa el corazón con una estocada certera. El hombre ha prevalecido. Eufórico y victorioso, Conan se vuelve a la mujer y le grita: "¡Llama al resto de tus hermanos, echaré sus corazones a los lobos!".

Atali, la primogénita del dios Ymir, comprende que se ha equivocado de víctima, que este hombre tiene cualidades extraordinarias. Tiene que huir. Retoma la carrera sobre el manto blanco, deslizándose con suavidad, con el poder que le confiere su condición semidivina. Lo da todo. Acelera al máximo, hasta que su respiración se agita, pero cuando vuelve su mirada contempla horrorizada que no ha ganado terreno, que inasequible al desaliento, la muerte la sigue cada vez más cerca. Puede que por primera vez en su vida, la mirada de Atali denota el miedo que la invade cuando el humano la alcanza y un brazo musculoso la sujeta firmemente. Entonces, en un arranque de desesperación, Atali se lanza al suelo y apela dramáticamente a la intervención de su padre, el único ser que puede ya salvarla de ser violada y, quizá, asesinada. El ruego no es en vano. El dios de los gigantes helados escucha la llamada de socorro de su hija y la salva elevándola a los cielos... Con la lección aprendida.

The Frost Giant's Daughter, la obra maestra del comic, puede disfrutarse descargando de Internet el número 1 de Savage Sword of Conan, o el número 16 de Conan the Barbarian, éste en color pero con detalles del cuerpo desnudo de Atali ofensivamente censurados. Naturalmente, conservo mis viejas ediciones en español, en papel, pero me da pereza ponerme a buscar en qué número está cada una.

Doy gracias a Barry Windsor-Smith por las satisfacciones que me ha dado con su trabajo.

3 comentarios:

  1. ¡Joer octopusmagnificens!, acabo de deborar tu artículo, macho y no veas como me has hypeado, la historia se ve bueníiiiiiiisima. El personaje de Conan, parece que lo hubieran ideado pensando en Arnold, ¿verdad?, con esa lucha constante tan propia de él, de no rendirse nunca, de triunfar donde otros no han sabido hacerlo. Que gran personaje.

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    1. ¡Gracias Kimble! Para esta historia llevada al cine, me habría gustado contar con Rebecca Romijn, joven, en el papel de Atali.

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    2. ¡Uuuuff!, pero que buen ojito tienes, octopusmagnificens, jeje, yo también la habría firmado en su mejor momento.

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