Mañana es el décimo aniversario del 11-S, el múltiple ataque terrorista contra los Estados Unidos.
Aquél fue uno de los días más intensos en las vidas de millones de personas en todo el mundo. También para mí, que tras comer con un amigo, me puse a ver el telediario de las 15:00 y me encontré con el World Trade Center en llamas y la confusión sobre lo que había ocurrido. Las primeras noticias hablaban de un pequeño avión y un accidente. Con el impacto del segundo avión, el Flight 175 contra la South Tower, en un cielo despejado, quedó patente que la casualidad era demasiado grande y que nos encontrábamos ante un ataque terrorista. Mi estado era de shock. Mi adrenalina estaba por las nubes y sabía que estaba viviendo un hecho histórico, un segundo Pearl Harbor, con todas las distancias que se pueden trazar.
Sentimientos que me embargaron:
1.º Suspensión de la incredulidad. Las noticias empeoraban y se hablaba de nuevos aviones secuestrados. Cuando aparecieron imágenes del Pentagon en llamas ya fue demasiado. Si inmediatamente me dicen que Godzilla ha emergido del Pacífico y está atacando Los Angeles, creer no me lo creo, pero casi.
2.º Compasión por las víctimas. Ver a la gente tirándose por las ventanas fue horrible. Me emocioné. Algunos saltaban huyendo del humo, para no asfixiarse, y otros lo hacían casi desnudos o con la ropa hecha jirones, literalmente ardiendo.
3.º Conjeturas sobre la autoría del ataque. Aquí no tenía la menor duda: habían sido los de siempre, los activistas musulmanes. Sólo se trataba de discriminar exactamente quiénes. Osama bin Laden me era sobradamente conocido. El sospechoso número 1 para casi todos.
4.º Sed de venganza en el frente interno. El anhelo de una Kristallnacht contra la comunidad islámica radical de América y nuestra Europa. Nada contra los árabes que van a lo suyo y no se meten con nadie, eso por supuesto, pero deseaba acciones punitivas espontáneas contra los militantes islámicos que tienen fe verdadera y conspiran para matarnos aquí, en el Primer Mundo. Soñaba con la visión de mezquitas ardiendo y patrullas ciudadanas disparando sus fusiles de asalto contra los filoterroristas.
5.º Ilusión ante la segura represalia militar de George W. Bush. Ante la magnitud de la destrucción, ante el tamaño de la afrenta, creía que se produciría en cuestión de horas o días un contraataque nuclear limitado contra objetivos en Afganistán o algún otro país indeterminado. El uso de armamento nuclear contra blancos de escaso valor tendría un significado esencialmente simbólico. Paradójicamente, Bush había llegado a la White House con un programa político de aislamiento en política exterior, en contraposición al de intervencionismo y construcción de estados (State-building) de Al Gore.
6.º Satisfacción por las implicaciones en el conflicto de Palestina. La masa musulmánica que ocupa Palestina salió a las calles a celebrar la masacre. Yasser Arafat trató de contenerlos, pero no pudo. Interpreté que esto fortalecería la posición del pueblo más fuerte en los territorios en disputa. Determiné que nos acercaba a la lucha armada y una solución duradera. Hay que alinearse con los fuertes, no con los débiles. Es algo de sentido común.
7.º Decepción con el comportamiento de la oposición socialista en Europa (que no con los gobiernos socialistas en Europa). Este sentimiento de pesar es posterior, ya semanas y meses después. Los progresistas nos mintieron. Enfatizaron la necesidad de potenciar las actividades de los servicios de inteligencia frente a las operaciones puramente militares, pero cuando llegó la hora de la verdad, la hora de apoyar a la CIA, el Mossad y las agencias de países árabes amigos, pusieron el grito en el cielo por algunos asesinatos selectivos o por el transporte de criminales de guerra en jets de lujo. ¡Sinvergüenzas!
El resto, es historia.
¿Se podrían haber hecho las cosas mejor? Siempre se pueden hacer mejor. Retrospectivamente, pienso que las campañas Enduring Freedom e Iraqui Freedom fueron excelentes, unas victorias a bajo coste, pero la presencia militar —más allá del establecimiento de bases permanentes— en Afganistán e Irak ha sido excesiva, especialmente la involucración en el orden público y la administración de estos países. Ha generado mucho desgaste político, económico y relativamente humano. Hay que revaluar esta estrategia. La tecnología es nuestra gran baza. ¿Por qué invadir un país cuando podemos destruir su gobierno y su economía desde el aire? En Libia no se ha empleado un digamos poder aéreo abrumador, ha costado un poco más de tiempo, pero al final se ha conseguido destronar al Rey de Reyes dejando a los rebeldes el protagonismo de la ofensiva terrestre.
En la coyuntura económica actual, las United States Armed Forces están sufriendo recortes de presupuesto y de programas de armamento que, de entrada, no me parecen mal. El territorio continental de los Estados Unidos es inexpugnable en la práctica. No hay que preocuparse por él. Se debe ahorrar en vehículos blindados y en personal. ¡Recortes sociales! También hay que cerrar bases ociosas en el extranjero (¿qué pintan los americanos en Alemania a esta alturas?) y centrarse en el desarrollo de nuevos medios para proyectar la fuerza en el exterior, nuevos misiles balísticos y de crucero, y aviones no tripulados subsónicos e hipersónicos con alcance intercontinental. Hay que sostener caiga quien caiga la hegemonía en los océanos, pero cuestionar la vigencia de los costosísimos y vulnerables superportaaviones. Menos portaaviones y más submarinos lanzamisiles y cruceros con drones. Ahorrar costes y maximizar beneficios. Miniaturización y sofisticación. Hay que deshumanizar las guerras del futuro introduciendo robots y retirando personas. Cancelaría sin remordimientos (bueno, con alguno...) la nueva clase de superportaaviones Gerald R. Ford. Por el coste de uno de estos buques puedes adquirir más de una docena de submarinos Virginia.
A todo esto, el miércoles es el segundo aniversario de la muerte de Patrick Swayze y no hay fecha de estreno para Red Dawn (2011), remake del Red Dawn (1984) dirigido por John Milius. En la nueva versión, Chris Hemsworth interpreta a Jed Eckert, el jefe de los muchachos, el mismo personaje que Swayze en los 80. Vamos a ser honestos: la película pinta muy pero que muy mal. Tienen tan poca confianza en ella que, ante las críticas de algunos medios de comunicación chinos, ha sido modificada en posproducción para sustituir a los invasores de America. Originalmente eran chinos. Ahora son norcoreanos. ¡Los manda el querido líder Kim Jong-il! Es evidente que cambios tan caprichosos restan credibilidad al film. Uno puede consolarse o engañarse pensando que la producción de Casablanca (1942) fue un caos y, contra viento y marea, surgió una gran película. Lo cierto es que titulándose Amanecer Rojo, esta película tendría verdadero sentido conservando el escenario en que se concibió, ambientada en la Guerra Fría y luchando contra la Unión Soviética y sus aliados. Ni China ni —no digamos ya— Corea del Norte pueden ejecutar un asalto anfibio en los Estados Unidos. No tienen con qué y, aunque lo tuvieran, sería inverosímil que burlaran a la USN y alcanzaran la Costa Pacífica, casi tanto como que vencieran la resistencia interna del US ARMY (y de la inagotable milicia) y penetraran en el país. No se puede tomar en serio. La URSS sería otra cosa. Los soviéticos sí podrían lanzar divisiones aerotransportadas contra Alaska y afianzar un ejército de invasión a tener en cuenta, al menos temporalmente. Sería verosímil.

Buah....yo me había quedado dormido viendo la tv...y cuando me desperté estaba ardiendo la primera torre...con el segundo ataque y el atontamiento de la siesta creí, LITERALMENTE, que era el fin del mundo. Cuento ésto por el símil de Godzilla...sentí exactamente lo mismo.
ResponderSuprimirEnhorabuena por el artículo. Es difícil despertar curiosidad con un tema tan trillado...
Gracias. ¡Es verdad que está trillado! Pensé en dejarlo correr...
ResponderSuprimirUn brillante análisis muy personal, que, como siempre, aporta una visión diferente a la "crónica oficial". Es necesario y saludable.
ResponderSuprimirGracias Nestor.
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