Ya he examinado
Terminator Salvation, cuarta y a mi juicio peor entrega de la saga. Aviso que en este análisis voy a revelar detalles del argumento.
Mi expectativa sobre la calidad película era alta, razonablemente alta pese a que se había atemperado tras la lectura de decenas de críticas, en una mayoría poco positivas. Ahora, tras haberla visto, puedo decir que me siento decepcionado. Es peor de lo que esperaba. Salvo a
Salvation pero lo hago con un aprobado justo, con una nota de 6 sobre 10.
En el año 2018, la especie humana retrocede en todos los frentes ante el avance de las máquinas. Pese a ello, los combatientes de la Resistencia cuentan con un plan secreto para contraatacar con un golpe que puede suponer el fin de la guerra y la derrota del aparentemente confiado Skynet, el superordenador que ha decidido erradicar a nuestra especie. A grandes rasgos, el film narra la historia de dos hombres cuyos caminos están destinados a cruzarse: Marcus Wright (Sam Worthington), un condenado a muerte que es ejecutado en 2003 pero que inexplicablemente revive en 2018; y el legendario John Connor (Christian Bale), el líder no militar pero sí moral de los ejércitos de la humanidad. De trasfondo, el perfeccionamiento de los sistemas cibernéticos de Skynet y el surgimiento del temible T-800.
Comparto la extendida opinión de que el personaje Marcus Wright es mucho más interesante que el anodino John Connor, aunque no le echo la culpa a Christian Bale, que no cuenta con la ventaja de tener tras la cámara a James Cameron, el director que plasmó el que para mí es el mejor Connor de todos los vistos hasta la fecha, el carismático y reverenciado caudillo militar interpretado por Michael Edwards en la batalla inicial de
Terminator 2: Judgment Day (1991).
Contra el sentir general, uno de los puntos que encuentro más fuertes en
Terminator Salvation es su denostado guión, cuyo verdadero problema es que no se ha sabido trasladarlo a la pantalla grande con talento cinematográfico. Suspendo sin paliativos a McG, un director que me ha demostrado una ausencia total de brillantez, imaginación e innovación, cualidades que, se consigan o no, deben ser una aspiración de cualquiera que se dedique a esto. McG no llega a la categoría de aspirante. Además, y no sé si esto será responsabilidad suya, el montaje es una calamidad, una tropelía. La continuidad entre unas secuencias y otras no pega ni con soldaduras de un astillero de la US NAVY. Con más benevolencia que la mía, los defectos del montaje los apuntó mi amigo
Néstor en su crítica de la película.
Los efectos especiales y/o visuales son uno de los aspectos ineludibles a la hora de estudiar cualquier obra de ciencia-ficción. Los de
Terminator Salvation dan continuidad a unas virtudes y carencias que he venido observando desde hace años, muchos años. Por un lado, desde el punto de vista meramente técnico, confirmo que con la tecnología actual se pueden hacer cosas increíbles, prácticamente todo lo que se pueda imaginar. Pero por otro lado, percibo falta de valía profesional en los técnicos informáticos que utilizan estas herramientas. Me explicaré mejor: aparecen una serie de vehículos militares generados por ordenador que están basados en modelos existentes o ficticios. Salen aviones de ataque A-10 (que son reales en algunos planos), un convertiplano multiuso V-22 y diferentes versiones de los patrulleros aéreos HK de Skynet, propulsados por reactores basculantes. Todos adolecen de un lastre común: sus prestaciones están manipuladas en pos de una espectacularidad que les resta realismo. Se exagera grotescamente su velocidad y maniobrabilidad. No me gusta el resultado. Hay una escena de un V-22 volando a ras del agua, en la noche, que no se sabe si lo que estás viendo es una aeronave subsónica propulsada por hélices o a Clint Eastwood en el MiG-31 Firefox en vuelo hipersónico. ¿No hay consejeros y supervisores de efectos especiales? Pues como decía Jack Nicholson en una famosa película: "No sé qué puta clase de unidad es la que dirigen ustedes aquí". Cerrando este tema, recuerdo que en
Hulk (2003) salían unos helicópteros Comanche hermosos, preciosos, pero también echados a perder cuando entraban en combate y realizaban giros y piruetas inverosímiles. Es lo que yo digo: falta de profesionalidad.
Había algo que me inquietaba pero de lo que he quedado muy satisfecho. Es lo mejor de la película, la ansiada puesta en acción de un flamante T-800 salido de la cadena de montaje y con su recubrimiento de piel y tejidos orgánicos completo. Es él, un Arnold Schwarzenegger virtual con el aspecto de 1984. Un prodigio técnico. Su movimiento cuando es dañado y el endoesqueleto queda al descubierto es igualmente magnífico, sólo emborronado por la dichosa manía que tiene Hollywood de reinventar las leyes de la física e insistir en el concepto de que los impactos de proyectiles lanzan a las personas o los objetos varios metros hacia atrás, algo que como demostraron en el programa
Los cazadores de mitos, donde utilizaron los mayores calibres disponibles contra un cerdo muerto o no sé qué, no se corresponde con la realidad.
¿La mayor frustración? El enorme partido que se le podría haber sacado a la ciudad de Los Angeles… fascinante, embriagante, demolida y derruida. Evoca un segundo Stalingrado en el que los espeluznantes exterminadores (T-600) representan a los invasores alemanes, y los escasos supervivientes a la resistencia soviética que defiende los restos de su ciudad. Una pasada. Yo habría comprendido la necesidad de explotar semejante mina artística. No así el necio de McG.
¿Chicas? Bryce Dallas Howard es Kate, la mujer de John Connor. Un bicho gordo y embarazado. Es la prueba de que una mujer puede parecerse a Emily Deschanel y, sin embargo, ser fea. Moon Bloodgood (
foto) es Blair Williams, piloto de A-10, lo que evidencia el grado de desesperación de la Resistencia. Bloodgood es sexy, una curiosa mezcla racial de padre holandés y madre coreana. Se enamora de Marcus y, al hacerlo, nos plantea una serie de interrogantes existenciales que sólo los programas biomecánicos de Skynet podrían responder…
No se me ocurre nada más que comentar, salvo dejar constancia de mi gozo al haber visto a una institución generacional como Michael Ironside en el papel del general Ashdown.
¡Oh amado Arnold, cuánto te echamos de menos!
P.D. Desde niño, desde que tengo uso de razón, he tenido ídolos. ¡Sanos ídolos! He sido fan de algo o de alguien: los EE. UU., Carl Lewis, Michael Jackson, Arnold Schwarzenegger… como fan y como persona, lo último que desearía sería molestar a quienes admiro, un pensamiento que estoy seguro comparten todos los auténticos fans. El tarado que ha intentado matar a Sara Casasnovas (
foto) con una ballesta, en Madrid, no es ningún fan. Un fan no es eso. Es un enfermo mental al que, en aplicación de la doctrina que defiendo para esta clase de pacientes, hay que administrar una inyección letal para ponerle a dormir y evitar que sus genes se perpetúen. Selección Artificial. Mejoramiento de la especie. Hoy pasa a disposición judicial así que ojo, mucho ojo a la decisión que tome el juez de turno. Puede ser un escándalo. Advirtámosle que si le pone en la calle deberá atenerse a las consecuencias. Acabemos con la impunidad de esta asquerosa élite togada.